sábado, 26 de marzo de 2011

Biografía de Miguel Hidalgo y Costilla


Miguel Hidalgo Y Costilla

Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla nació el 8 de mayo de 1753 en la Hacienda de Corralejo, ubicada en Pénjamo, Guanajuato.
Fue hijo de Cristóbal Hidalgo y Costilla, un experto en labores agrícolas y ganaderas que a los 30 años consiguió el puesto de administrador dicha hacienda, propiedad de una viuda que residía en la Ciudad de México.
Seis años después, llegó Manuel Mateo Gallaga, quien rentó una parte de los terrenos de Corralejo y se instaló en el rancho de San Vicente del Caño con su esposa Águeda, sus cuatro hijas y una sobrina de 17 años.
La sobrina, Ana Maria Gallaga Mandarte y Villaseñor, había quedado huérfana a los tres años, pasando al cuidado de sus abuelos maternos. Cuando éstos murieron, se hicieron cargo de ella sus tíos Manuel y Águeda.
Era una jovencita hermosa, inteligente, culta y de porte distinguido. Pese a la diferencia de edades, ella y Cristóbal se enamoraron y se casaron.
De esta unión nacieron cinco hijos: José Joaquín, Miguel, Mariano Cesáreo (que murió muy pequeño), José María de la Trinidad y Manuel Mariano.
Cuando Miguel tenía nueve años, su madre murió a consecuencia del último parto. Un año y medio después, Cristóbal tuvo un hijo fuera de matrimonio con Rita Toribia Peredo, al que le puso Mariano, en memoria de su hijo fallecido. Este medio hermano de Miguel fue muy unido a él.
Don Cristóbal fue el primer maestro de sus hijos y de los vecinitos del lugar, ayudado inicialmente por su esposa Ana Maria y, después de su muerte, por los tíos de ella.
A los 12 años, Miguel fue inscrito con su hermano José Joaquín en el Colegio de San Francisco Javier en Valladolid, hoy Morelia, dirigido por padres jesuitas. Dos años después, en 1767, éstos fueron expulsados del territorio nacional.
Los hermanos pasaron tres meses con su tía María Costilla en Tejupilco, cerca de Toluca, donde había nacido su padre. Miguel hizo amistad con los indios otomíes de la región y pronto llegó a dominar su lengua.
Posteriormente, regresaron a Valladolid para continuar su instrucción en el Colegio de San Nicolás Obispo. Fueron catalogados como “chinches”, apelativo despectivo que se les asignaba a los principiantes, y tuvieron que sufrir las novatadas impuestas por los alumnos mas adelantados.
Miguel, de 14 años, fue cargado por un grupo de estudiantes que, entre gran algarabía, lo paseó por los corredores y finalmente le remojó la cabeza dentro de un barril lleno de agua en el patio.
Poco a poco, Miguel Hidalgo consiguió ganarse el respeto y la amistad de sus compañeros. Por su inteligencia y astucia, recibió como apodo “el Zorro”, que lo acompañó hasta su muerte.
Fue un estudiante aplicado, destacando por su facilidad para los idiomas. Pronto dominó el latín, griego, italiano y francés, así como la lengua tarasca de la región.
También tuvo sus malas notas, como la noche en que se escapó del colegio saltando por una ventana, motivo de una expulsión temporal.
A los 17 años obtuvo el grado de Bachiller en Artes y una beca para emprender estudios canónicos. Tres años después, en la Ciudad de México, obtuvo el Bachillerato en Teología por la Real y Pontificia Universidad de México. A mediados de 1778, a los 25 años, recibió las Órdenes Sacerdotales.
Paulatinamente fue obteniendo puestos importantes en el Colegio de San Nicolás Obispo. Inició como secretario, fue tesorero y catedrático de muchas materias, hasta llegar a ser vicerrector.
Aunque ganó el primer lugar del concurso para exponer el mejor método para estudiar Teología, no pudo obtener el doctorado, porque al estarse preparando murió su padre.
Don Cristóbal había permanecido viudo 13 años y luego se casó con Jerónima Ramos Ortiz Bracamonte y Origel, con quien tuvo otros cinco hijos. El cura se hizo cargo de María Guadalupe y María Vicenta, de 10 y 7 años, llevándolas a vivir con él.
A los 37 años, Miguel Hidalgo y Costilla fue nombrado rector del Colegio de San Nicolás. Bajo su dirección hubo cambios drásticos, como dar a los alumnos un trato más humano, una disciplina menos severa y mejores alimentos, además de fortalecer las enseñanzas académicas.
A los dos meses de ejercer la rectoría, la señora Francisca Javiera Villegas y Villanueva cedió todos sus bienes al colegio, con la recomendación de “aumentar los salarios al señor rector”. Además, obtuvo por oposición la sacristía de Santa Clara de los Cobres, muy bien remunerada. Así, fue haciéndose de varias haciendas.
Todos sus bienes los dedicó al servicio de los demás: se preocupó por educar a sus hermanos menores y socorrió a cuantos necesitados acudían a él.
Formó un círculo en el cual dominaban las teorías de la Ilustración europea y se exponían libremente opiniones políticas, sin importar que fueran contra las autoridades.
A la par de sus ideas liberales, su conducta dejaba mucho que desear para la Iglesia, pues llevaba una vida en la que el juego de baraja y las mujeres tenían un papel importante.
Por presiones de los altos jerarcas de la Iglesia, Miguel Hidalgo y Costilla fue separado de su cargo como rector del Colegio de San Nicolás y enviado al curato de Colima
Antes puso a salvo a sus hijos Agustina y Lino Mariano, producto de sus relaciones con Manuela Ramos Pichardo. Dos años después, fue nombrado párroco de San Felipe Torres Mochas, en Guanajuato.
Hidalgo disfrutaba las labores del campo y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus feligreses, casi todos indígenas. Estableció talleres de cerámica, carpintería, herrería y curtido de pieles; instaló una fábrica de ladrillos y organizó una orquesta. Todo lo costeó con sus bienes.
En esa época amplió su biblioteca con libros de intelectuales franceses, prohibidos por la Iglesia y la corona española. Por sus críticas a la Iglesia fue acusado de hereje ante el Santo Oficio, aunque la acusación no prosperó.
Era un hombre muy culto; le gustaba formar grupos literarios y teatrales. Aunque tenía una vocación de servicio y disfrutaba ayudando a sus feligreses, no era muy respetuoso de algunas reglas del sacerdocio, como el celibato.
En un grupo teatral de San Felipe conoció a Josefa Quintana, con la que tuvo otras dos hijas, Micaela y Josefa. A los 47 años, abandonó el curato para dedicarse a asuntos personales y familiares.
Dos años después, en 1802, murió su hermano José Joaquín, cura de Dolores, Guanajuato, y Miguel fue comisionado para suplirlo. Llevó consigo a Josefa y sus hijas, instalándolas en una casa ubicada a 50 metros de la suya, todo un escándalo.
Como párroco de Dolores, además de alfabetizar a sus feligreses, promovió actividades productivas que tuvieran valor comercial y ayudaran a elevar el nivel de vida de los habitantes.
Extendió el cultivo de la uva y propagó el plantío de moreras para la cría de gusanos de seda. Existen todavía en Dolores 84 árboles plantados por él, conocidos como las Moreras de Hidalgo.
En 1809, se formó en Valladolid una sociedad secreta, cuyo fin era reunir un Congreso para gobernar la Nueva España en nombre del Rey Fernando VII, preso por Napoleón. Si la península sucumbía ante los franceses, debían obtener la independencia del país.
La revuelta debía comenzar en Valladolid el 21 de diciembre, pero ese día fueron presos los conspiradores. La conjuración se refugió entonces en Querétaro, donde cobró fuerzas, protegida por el Corregidor Don Miguel Domínguez.
En 1810, Hidalgo viajó con Ignacio Allende a Querétaro para conocer el plan. Consistía en propagar la inconformidad con los españoles, rechazar que la Nueva España quedara sometida a los franceses y declarar la independencia en el momento oportuno.
El cura dudó, pero Allende lo convenció de unirse a la causa. Encontró un artículo sobre fabricación de cañones, construyó varios y los puso a prueba disparando salvas, con el pretexto de dar mayor solemnidad a la fiestas religiosas.
Como Hidalgo era muy popular, fue invitado por Allende a encabezar el movimiento de independencia. Los conjurados propusieron el 1° de diciembre como día del pronunciamiento y al pueblo de San Juan de los Lagos como sitio ideal, aprovechando la visita de 100,000 fieles que asistirían a las festividades de la Virgen.
A principios de septiembre, enterado de que los peones de varias haciendas estaban ya armados y alertas para lanzarse a la lucha, Hidalgo decidió anticipar el levantamiento para el 2 de octubre.
Sin embargo, la conspiración fue denunciada y los conjurados de Querétaro y Guanajuato apresados. Hidalgo supo vagamente de la denuncia y mandó llamar inmediatamente a Allende; éste llegó a Dolores la noche del 14 de septiembre.
Doña Josefa Ortiz, esposa del Corregidor Domínguez, al darse cuenta que estaba descubierta la conjura, mandó un mensajero a San Miguel el Grande, hoy Allende, para dar la noticia.
El correo llegó al amanecer del día 15 y, no encontrando a Allende, entregó su misiva a Juan Aldama, quien salió apresuradamente, reventando tres caballos en el camino, hasta llegar a Dolores a las dos de la madrugada del día 16.
Aldama y Allende entraron a la recámara de Hidalgo, quien comenzó a vestirse. Entonces dijo: "¡Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines!"
Mandó llamar a su hermano Mariano y a su pariente José Santos; con ellos, Aldama, Allende y diez hombres armados, se dirigió a la cárcel. Amenazaron al alcalde para que pusiera en libertad a los presos y se apoderaron de las espadas de los guardias.
El 16 de septiembre de 1810 a las 5 de la mañana, el cura Miguel Hidalgo y Costilla hizo tocar el esquilón “San José” de la parroquia de Dolores, llamando a Misa.
Desde el pórtico de la iglesia, les explicó a los vecinos que el movimiento tenía por objeto quitar el mando a los españoles que se habían entregado a los franceses y que ellos no debían consentir la misma suerte.
Allende se encargó de la organización militar y a las 11 de la mañana ya estaban listos 800 hombres para emprender la marcha. Así comenzó la lucha por la Independencia.
Al anochecer llegaron a San Miguel el Grande, que no ofreció resistencia. Hidalgo nombró autoridades y acrecentó los fondos insurgentes, que administraba su hermano Mariano, con recursos tomados del clero y la Administración de Impuestos.
Allí se les unió el Regimiento de la Reina y en el camino una multitud de campesinos, principalmente indios, armados con instrumentos de labranza. Marchaban en desorden, sin disciplina; los jinetes, también mal armados, montaban en flacos caballos.
No tenían bandera; al pasar por Atotonilco, Hidalgo encontró una imagen de la Virgen de Guadalupe, la colgó de una lanza y la convirtió en el estandarte del ejército.
Los insurgentes obtuvieron rápidos y fáciles triunfos. Cuando entraron en Celaya el día 21, el movimiento aún no tenía jefes, por lo que Hidalgo fue nombrado General; Allende, Teniente General y Aldama, Mariscal.
Mientras tanto, el obispo de Michoacán, Abad y Queipo, publicó un edicto el 24 de septiembre, declarando excomulgados a Hidalgo, Allende, Aldama y Abasolo.
Tras tomar Salamanca, Irapuato y Silao, el ejército insurgente avanzó sobre Guanajuato. Los españoles se refugiaron en la Alhóndiga de Granaditas.
Después de una sangrienta lucha, el 28 de septiembre fue tomada la ciudad y sus defensores murieron acuchillados, incluido el Intendente Don Antonio Riaño, viejo amigo de Hidalgo.
Tras establecer una fundición de cañones y una casa de moneda, el cura fue a Dolores para ceder sus bienes a sus hijas y se dirigió a tomar Valladolid.
El 19 de octubre, publicó el decreto que abolía la esclavitud, cuyo incumplimiento mandaba castigar con la pena de muerte y la confiscación de todos sus bienes al infractor.
En la población de Charo se encontró con el cura de Carácuaro, José María Morelos y Pavón. Le expuso los motivos de la lucha y le encomendó movilizar al Sur del país, dando la batalla a los realistas.
Hidalgo fue nombrado Generalísimo y el ejército siguió hacia Toluca. El 30 de octubre, en el Monte de las Cruces, a las afueras de la Ciudad de México, obtuvo una formidable victoria derrotando a las fuerzas del coronel realista Torcuato Trujillo.
Allende quería avanzar sobre la capital, aprovechando el desconcierto que su triunfo había ocasionado en las filas españolas. Hidalgo se opuso, alegando la falta de municiones, las pérdidas sufridas en la batalla y el éxito dudoso de un combate contra la importante guarnición de la capital.
Las tropas insurgentes avanzaron hasta Cuajimalpa y el 2 de noviembre regresaron, sin tomar la capital. Como resultado, desertó la mitad de su gente. Cinco días después fueron atacados y derrotados en el cerro de Aculco, tras lo cual se dispersaron.
Allende regresó a Guanajuato e Hidalgo marchó a Guadalajara, donde organizó el primer gobierno independiente, con dos ministros: Ignacio López Rayón en la Secretaría de Estado y Despacho, y José María Chico en la Secretaría de Gracia y Justicia. Además, derogó los tributos pagados por las castas y las contribuciones de los indígenas.
Cuando los realistas tomaron Guanajuato, Allende huyó a Guadalajara para unirse a las tropas de Hidalgo. Comenzaron a organizar las siguientes batallas, sin ponerse de acuerdo.
El 17 de enero de 1911 se enfrentaron a los realistas al mando del General Félix Calleja en el Puente de Calderón. Los insurgentes estuvieron a punto de ganar la batalla, pero la explosión de un carro de municiones facilitó la victoria del enemigo.
La derrota los obligó a replegarse. En Zacatecas, los jefes insurgentes destituyeron a Hidalgo del mando militar, culpándolo del último fracaso. Sin embargo, aún ostentaba el liderazgo político, mientras que el militar recayó en Allende.
Después de otras derrotas, cuando iban rumbo a Estados Unidos para conseguir fondos y adquirir armas, fueron traicionados por Francisco Ignacio Elizondo, un antiguo insurgente que se había cambiado al bando realista.
Con el pretexto de auxiliarlos, salió al encuentro de los insurgentes. La gente de Elizondo, simulando tributarles un recibimiento, detuvo los carruajes, desarmando y maniatando a sus ocupantes.Los líderes insurgentes fueron tomados presos en las Norias de Acatita de Baján el 21 de marzo y conducidos a Chihuahua. Se les procesó y Allende, Aldama, Jiménez y Abasolo fueron fusilados el 16 de junio de 1811.
El carácter eclesiástico de Hidalgo hizo que su proceso se alargara. El Juez Ángel Abella lo interrogó y el cura confesó que aprehendió europeos, sin más novedad que unos cintarazos dados a Don José Antonio Larrincia; había levantado al ejército, fabricado moneda, armas y municiones; depuesto autoridades, perseguido a muchos y matado al Intendente de Guanajuato, Don Antonio Riaño.
Respecto del edicto del Santo Tribunal, dijo que tuvo noticias de su excomunión pero no compareció, temeroso de ser castigado. No por los delitos de herejía, sino por la causa en que se había empeñado.
Aclaró que no había abusado de la santidad de su ministerio en el transcurso de la insurrección, ya que no había predicado, confesado ni celebrado Misa.
Se le acumularon delitos de alta traición, promotor de crímenes y conspirador. Fue obligado a firmar una retractación por "sus errores cometidos contra la persona del Rey y contra Dios". Luego se le condenó a la degradación de su carácter sacerdotal.
En la infame ceremonia, con un cuchillo le rasparon las manos y yemas de los dedos, arrancándole la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir. Lo despojaron de sus ornamentos religiosos y le quitaron la sotana, desnudándolo de todo privilegio clerical, por ser indigno de la profesión eclesiástica.
Luego, con unas tijeras le cortaron el pelo y un peluquero hizo desaparecer la tonsura o calvicie en la coronilla, signo real del sacerdocio, por la maldad de su conducta.
El Consejo de Guerra lo condenó, por traición a la Patria, a ser fusilado a las 7 de la mañana del 30 de julio de 1811. A los 58 años, Hidalgo se dispuso a morir.
En su último día suplicó que en vez de agua le dieran un vaso de leche y repartió dulces entre los soldados que debían dispararle, alentándolos para que cumplieran con su oficio y confortándolos con su perdón.
Pidió que no le vendaran los ojos ni le dispararan por la espalda, la usanza al fusilar a los traidores. Como se había ordenado que no dispararan sobre su cabeza, temía padecer mucho. Por lo tanto, puso su mano derecha sobre el corazón y dijo a los soldados que aquél era el blanco al que debían tirar.
Estalló la descarga de fusiles y una bala traspasó la mano, pero sin herir el corazón. Hubo una segunda detonación y fue necesario el tiro de gracia para acabar con su vida. Poco después, fue decapitado.
Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron llevadas a Guanajuato, encerradas en jaulas de hierro y colgadas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, para dar escarmiento a sus seguidores. Allí estuvieron hasta la victoria del movimiento independentista, en 1821.
El ideal por el que había luchado Don Miguel Hidalgo y Costilla al fin se había logrado: la patria era libre e independiente.
En 1824, sus restos fueron trasladados con honores a la capital y enterrados en la Catedral. Tras descansar en la Columna de la Independencia, recientemente fueron llevados al Castillo de Chapultepec, para ser identificados por expertos y posteriormente ser exhibidos en el Palacio Nacional dentro de la exposición "México 200 años, La Patria en Construcción.
En honor al Padre de la Patria, el estado de Hidalgo, varias ciudades y muchas avenidas de las poblaciones de México llevan su nombre.
Fuente
http://radiocentro.com.mx/grc/redam.nsf/vwALL/XPAO-89AUSC

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